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El paisaje nos devora


Crónica de tres días en el desierto del Sahara

El desierto del Sahara tiene más de 9 millones de kilómetros cuadrados de superficie, casi como toda China. Abarca 11 países del norte de África, y es por lo tanto el desierto más grande del mundo. En árabe Sahara significa desierto. 

  Para llegar al Sahara marroquí lo mejor es acercarse hasta los poblados de Risanni o Merzouga, la “puerta” del desierto, casi en la frontera con Argelia. Una vez allí hay que pelear el precio de un guía para la travesía. Es importante que dejen en claro con cuántas personas realizarán el tour, cómo serán los días y qué les incluye. Generalmente esta negociación se hace en unos hoteles llamados “Kasbah” que quedan frente a las imponentes dunas.

Nosotros tuvimos algunos problemas porque nos dijeron que estaba todo dentro del precio y a último momento nos enteramos que el agua no estaba incluida y la tuvimos que comprar porque obviamente una vez en el desierto ya no hay.


El desierto del desierto
A pesar del enojo por el agua y algunos contratiempos tuvimos mucha suerte: nuestro guía era tranquilo, bueno y macanudo. Nacido y criado entre la arena, Mohamed tiene 21 años y hace 4 que se dedica a llevar grupos a conocer el desierto. Habla un inglés modesto pero entendible y cocina como los dioses.
En el grupo estamos Augusto, Mohamed, yo y dos camellos de unos 12 o 13 años. Salimos del Kasbah y de a poco empezamos a avanzar hacia la masa naranja de viento. Nunca imaginé el viento cuando pensaba en el desierto. El panorama no es alentador, nos quedan dos horas más arriba de los camellos. Con ansiedad vamos lentamente a internarnos en la nada.



Cumbia berebere
Mohamed nos muestra el campamento y nos cocina un tajín de pollo riquísimo.  El tajín es un tipo de vasija de barro, donde se ponen como un volcán las verduras y carnes. Se hace a fuego lento y queda espectacular. En el campamento estamos solos los tres. La tormenta se hace más fuerte con la noche.
Después de comer Mohamed nos propone ir a un campamento cercano en el que unos amigos suyos están “haciendo música”. Salimos de las carpas con un frío que surca la cara. Bajamos una duna y luego tenemos que subir otra. Yo me caigo, me resbalo por el viento y me río con un poco de ganas de llorar.
Los amigos de Mohamed son guías de otros campamentos que se juntan a tocar los tambores y cantar canciones bereber. Como la mayoría fueron criados bajo el islam no tienen permitido tomar alcohol. Uno de los chicos prepara un té y dice: este es el whisky bereber y sonríe con los ojos.
No entendemos ninguna de las canciones que cantan pero aplaudimos y bailamos un poco. Nos piden una canción a nosotros y con Augusto cantamos “Vienes y te vas” y después empezamos a improvisar algo con las palabras Ricky Ricky Pom Pom. Esa última les encanta y los 6 guías que están ahí nos imitan y sale una hermosa cumbia bereber. 

Tormenta
Volvemos a nuestro campamento. La tormenta ya es seria. La arena vuela y aturde. Los ojos llenos, las orejas, la nariz. La boca escupe arena y la cabeza también.
Estamos acostados, vestidos y abrazados. Hace frío pero no tiemblo de frío, tiemblo de miedo. La carpa se mueve y se sacude insistente. Parece que la tormenta la quiere tirar. Tengo mucho mucho miedo de que la arena tape todo. Vi videos en YouTube, le digo a Augusto. No pasa nada, dice. Creo que en cualquier momento es el fin. La arena nos tapa y no podemos respirar. Fin.
Tiemblo. Me como las uñas. Viento.
No para un segundo de moverse la carpa. Sopla arena, tira arena. Creo que me voy a morir. Pienso que si me muero viajando y al lado de la persona que amo no está tan mal. Que no quiero, pero no está tan mal. Me entre-duermo. El viento me despierta y el ciclo empieza de nuevo. Tiemblo. Me como las uñas. Viento. Así y así hasta que la noche no dura más.

Los camellos que no son camellos
En Marruecos no hay un solo camello. La gente, nosotros, y todos dicen la palabra camello para referirse al dromedario. El camello tiene dos jorobas, el dromedario una sola.
-          El camello es pasión. Dice Mohamed y no entiendo.
Le pregunto de nuevo y lo reafirma: pasión. No veo la relación entre la pasión y ese animal desgarbado, poco elegante, cansino y con cara de despistado.
-          Solo duermen 20 minutos al día y lo pueden hacer mientras van caminando. Nos dice y yo pienso en mi hermano que dormía caminando cuando iba al jardín.
En invierno toman agua cada tres semanas y como tienen 3 cámaras en el estómago no necesitan comer todo el tiempo sino que comen una vez y luego lo regurgitan y lo van “dosificando” en cómodas cuotas.
-          ¿Cuánto sale un camello?- le pregunto a Mohamed
-          Mil euros más o menos.
Poseer uno de estos animales en Marruecos, significa estatus. Moha me dejó nombrar a mi dromedario porque carecía de apodo: “viejo bueno” le pusimos. Horas más tarde se complicó la cabalgata y el adjetivo de “bueno” quedó obsoleto.

El silencio
No, no es que no se escucha nada. Se escucha el silencio. Tan fuerte y claro que hace presión en el oído y en la oreja. Se siente como un casco invisible de silencio sobre la cabeza que obliga a pensar.
Enorme y lleno de silencio. El desierto.





“Pequeño musulmán”

Marruecos era, en un principio, tierra de los bereberes, una tribu con religión e idioma propio que en el siglo VII fue conquistada por el islam y comenzó a formar parte de los países árabes. Hoy en día conviven en el país los musulmanes con los bereberes, aunque el idioma oficial pasó a ser el árabe y la religión mayoritaria la musulmana. En verdad el término “bereber” fue importado de Europa para nombrar a las distintas tribus que conforman a los “Imazighen”, que significa “hombres libres”. En el norte de África, sobre todo en Argelia y Marruecos, todavía hay muchísimas personas que se autodenominan Imazighen.

Mohamed nació en Risanni, es de familia bereber, pero por cuestiones de educación y familia es un poco musulmán. Mohamed dice en inglés que él es “Little muslime”, que sería pequeño musulmán, pero nosotros entendemos que quiere decirnos “un poquito”. Me sorprende su inteligencia con el inglés, no tiene mucho vocabulario pero sabe cómo aprovechar las palaras que conoce. No sabe que “sad” es triste, pero usa “no happy”; no sabe que “cold” es frío pero usa “no hot”. Es un genio.
Nos cuenta que en la escuela le iba bastante bien. Nos habla de sus hermanas y su mamá que también son “poquito” musulmanas pero usan burka ( tela para tapar la cabeza y el cuello). Él las ve una vez por mes. Le preguntamos por el Ramadán en el desierto. Y si, la respuesta es obvia: muy duro. El ramadán es un período de ayuno de un mes, en el que los musulmanes no comen nada ni toman agua mientras haya sol. Generalmente coincide con el verano. En el desierto del Sahara puede hacer hasta 54 grados centígrados y el sol está ahí inamovible hasta las 9 o 10 de la noche. Y ellos trabajan sin tomar una gota de agua.

Mohamed dice que te cansa y te pone de mal humor. Que es difícil. A veces se levanta a las 3 am, antes del amanecer, para tomar agua y poder resistir el día. En las grandes ciudades la gente con dinero aprovecha el ramadán para dormir de día y vivir de noche. En el desierto es la temporada de mayor turismo, no se pueden dar ese lujo.
Mohamed prepara un té con mucha hierbabuena, que no es menta, y una cantidad industrial de azúcar, no es un mate pero está riquísimo. Un guía de un campamento cercano aparece en el momento del té y nos dice que está solo en su carpa con una chica chilena. Nos ponemos contentos. En este viaje largo cruzamos cuatro chilenas muy piolas viajando solas, pensamos que esta chica sería la quinta.
No fue el caso. No solo no se paró a saludarnos sino que le hizo un chiste poco feliz a Augusto por su nombre y nos trató mal.  Volvimos a nuestro campamento decepcionados. Le conté a Mohamed la situación, y le dije medio con señas que la chilena no nos había caído bien. Él se limitó a sonreír y miró hacia abajo. No me respondió.


Más tarde me explicó que el Corán dice que uno no puede hablar mal de otro si este no está. Que no es bueno, que hace daño. Y yo me sentí una bruja.

Los colores
Nunca pensé que la arena cambiaría tanto de color según las horas, según el viento. Al principio era naranja casi roja. Luego rosa. Después amarilla y las dunas se cortaban como cuando una cuchara entra en un flan y saca un buen pedazo.

El desierto no es todo de arena.
“Viejo Bueno” se desató y el camello que estaba conmigo se escapó, volviendo mi peor pesadilla de “perdida en el desierto” un poco más real y cercana. Mohamed lo pudo calmar y decidimos bajar de los animales y caminar. Un hombre nos dijo que los bereberes los montan distinto, como si fuera en cuclillas. Montar a un camello como un caballo, como los turistas, está mal. Duele, paspa y molesta durante y después.

Caminamos junto a Mohamed paso a paso. A veces hablando mucho de corrido y a veces en silencio sin explicar nada. Como con los amigos.
Nos sacamos las zapatillas. Es invierno y la arena no quema. Está tibia, suave, como un mate lavado. Cansa. A veces pisamos sobre superficies duras como si fuera un cemento pero el siguiente paso es hundirse de nuevo y la sensación de estabilidad se pierde en el silencio de la arena.
Vamos al desierto negro nos dice Mohamed y suena tenebroso. En verdad solo un 30% del Sahara son dunas, el resto es suelo árido y seco, y muy de vez en cuando un oasis que nada se parece a la imagen de las películas.
En el desierto negro están los nómades, allí nuestra segunda noche de campamento.


Nómades 
El “paquete” incluye una cena con una familia nómade. Hay una carpa para nosotros al lado de su casa. Ahí viven una mujer, un hombre y dos nenes chiquitos. Tienen cabras, unas 20.
Los vamos a saludar, a presentarnos. Les sonrío a la mujer y a los nenes. No me devuelven el gesto. Lo repito. Nada.
Soy –para ellos- una gringa, una turista más que juega a ver cómo viven los nómades y que se queja de tener arena hasta en el culo. Soy eso. Para mí también.
Mohamed me dice que no me saludan porque son muy tímidos, y porque no hablan nada más que dialecto bereber. No hay problema le digo, los entiendo.

Salir la luna
Mohamed nos dice que estemos atentos, que en cualquier momento “sale la luna”. Detrás de las montañas, unos minutos después aparece enorme y rugosa una luna llena plateada. La luna de este lado del mundo es distinta a la que vemos en Argentina le digo a Mohamed. Y como no me entiende le dibujo un ecuador simbólico en el aire y con la mano hago un círculo que es la luna. Como en un juego, voy a un lado y al otro y volteo la cabeza. Me entiende. Se ríe. La luna sale más. Es tan fuerte la luz que impide ver las estrellas. Ella es la dueña del desierto.

Hienas
Es de noche, solo hay una vela prendida y los tres estamos charlando en la jaima. La familia no volvió a acercarse a nosotros.
-          ¿A cuántas horas está Argelia? – pregunta Augusto
-          A unas cinco caminando, pero no se puede ir, es peligroso. Explica Mohamed y dice que del otro lado de la montaña que vemos, allá en el desierto negro de Argelia hay hienas.
Como su inglés (y el mío) no conoce la palabra “hiena” me lo explica con movimientos y poniendo cara de malo y riendo, claro, como una hiena.
Yo le digo que le tengo mucho miedo a las hienas desde que vi el Rey León, y le pregunto si a él también le pasaba, pero no me responde. Los siguientes 20 minutos intenté explicarle qué era El Rey León. No sabía. No creció bajo los tentáculos de Disney.

Ñoquis
Le mostramos fotos de nuestros viajes, le contamos de Italia, de España y él nos dice que le gustaría conocer ese “país viejo de historia”, después de la ayuda del traductor de Google descubrimos que era Grecia.
Le hablamos de Argentina, allá no hay dromedarios, decimos y tampoco tenemos cuscús, sus ojos se hacen más grandes, no lo puede creer. La charla deriva, zigzaguea, en países, comidas y viajes. Mohamed está particularmente interesado en que le expliquemos qué son los ñoquis con boloñesa. Intentamos con las manos y con el recuerdo latente en la boca de unos buenos ñoquis: expresarle lo fantástico de esas bolitas ingresando con tomate, carne y queso -sin discreción- en la boca. Él entiende que son papitas chiquititas hervidas. Nosotros reímos y asentimos.

De la nada al todo
Al principio parecía que todo era igual, arena y más allá arena. No hay ruidos, no hay pantallas, no hay personas. 
Pero… ¿No hay nada?
El tercer día, cuando nos íbamos, empezamos a diferenciar las huellas, de zorros, de ratones, de dromedarios y también se veían con nitidez la de los escarabajos azules.
Empezamos a entender como el tiempo en el desierto es otro y nuestras cabezas aceleradas tienen que bajar varios cambios para comprenderlo. Los estímulos están ahí, solo que son otros.
Es injusto decir que en el desierto no hay nada.
La naturaleza nos come, nos sobrepasa. El paisaje del Sahara nos devora y nos escupe más sabios, más detallistas y quizás un poquito más humanos.











· El Paisaje Nos Devora es el nombre del Taller de Literatura del Grupo La Grieta en La Plata, Argentina.

 

Randevuses en árabe escrito por Mohamed.










Lo que la nieve nos dejó


Augusto y yo pasamos tres días en Zakopane, un pueblo de 30 mil habitantes en el sur de Polonia casi en el límite con Eslovaquia. Es un lugar de montaña, donde hay más de 300 kilómetros de rutas de trekking y ascensos a lagos y vistas panorámicas. Eso planeábamos y soñábamos hacer, pero nos tocaron tres días de lluvia torrencial y fríos bajo cero. 

- Los caminos están cerrados- sentenció en inglés la señora de Información Turística. Pueden visitar el Museo de Arte Municipal.


Ningún museo se podía comparar con la montaña y la naturaleza así que hicimos oídos sordos a los pronósticos y nos dedicamos a esperar que pare de llover. 
No paró.
Cuando se cumplieron las 50 horas seguidas de lluvia intensa decidimos cambiar nuestro sueño por uno más cercano y más concreto: que nieve.
Eso era posible por las temperaturas y la altura de Zakopane. 



Augusto vio nevar dos veces en su vida: en el ’99 y en el 2007. 
Yo vi nevar dos veces en mi vida: en el ’99 y en el 2007. 

Los viajes largos te hacen abrir ventanas que no sabías que tenías y también conocer las de la persona que viaja con vos. 


Charlamos de las sensaciones de ver nevar por primera vez. Los dos teníamos 10 años y fue durante un viaje familiar. 
Los Rosés se fueron en auto a Bariloche y en la ruta vieron los primeros copos blancos. Se bajaron abrieron la boca para agarrar alguno y sacaron fotos que aún hoy conservan.
Los Pagola se fueron en auto a Mendoza y en la ruta vieron los primeros copos blancos. Se bajaron y obligados por mamá se pusieron bolsas de nylon en las zapatillas para no mojarse. Ridículos y emocionados abrieron la boca para agarrar la nieve y sacaron fotos que aún hoy conservan.

Los dos nos acordamos hasta las patentes de los autos: un Polo CSR 405 y un Renault 18 BIO 129 ¿Será que somos tan frikis? ¿O que algo nos dice que teníamos que estar juntos?.
¿Cuántas de estas historias en común tenemos? 
Será que tienen que pasar 55 horas de lluvia seguida en un pueblo perdido en la montaña para contarnos cosas tan importantes que en el día a día pasan por insignificantes. 

En el 2007 fue distinto. Los dos éramos estudiantes de periodismo en nuestro primer año, compartíamos ciudad, carrera y hasta algunos amigos y nada más. 
Él vivió la locura blanca en el techo de una pensión, yo en la plaza Sarmiento con mi perro y mi mamá. Él no se acuerda mucho. Yo sé que tenía que estudiar para un recuperatorio de Opinión Pública y no lo hice por irme a jugar. La hegemonía y la espiral del silencio eran menos importantes que mi plaza del barrio completamente blanca.


Seguro no sabíamos de la existencia del otro en el ’99 y probablemente no nos acordamos en el 2007. Pero anoche estábamos los dos solos en el culo del mundo y pensando fuerte: va a nevar y lo vamos a ver juntos.


No nevó. Nos quedamos despiertos esperando alguna mínima señal, con las zapatillas listas para salir pero no se nos dio. Un poco decepcionados nos fuimos a dormir pensando que el viaje es largo y el invierno también. Siempre puede haber una revancha.


Hoy nos despertamos a las 5.30 de la mañana para tomar un Polski bus hacia Wroclaw, otra ciudad polaca. Los Polskibus son los colectivos más baratos de Polonia y muchas veces salen en horarios extraños.




Nos cambiamos, nos abrigamos y nos pusimos la mochila al hombro. Al abrir la puerta de la casita en la que nos estábamos quedando vimos el espectáculo.


No sólo estaba nevando sino que estaba nevando tremendamente fuerte y continúo.
Saltamos y juntamos toquitos de nieve con las manos, sin guantes y sin bolsas de nylon en las zapatillas. Escribimos Randevuses y también un corazón cursi y efímero que la nieve se encargó de borrar.





























En la tercera nevada de nuestras vidas si sabemos de la existencia del otro.
Por suerte.
Y ahora hay fotos que vamos a conservar.








Cómo funciona el Blablacar y porqué conviene usarlo


Blablacar es una plataforma online para compartir gastos de recorridos en auto. Surgió en 2004 y hoy se encarga de poner en contacto a viajeros de 20 países.
Lo que hizo que esta red social se consagre  es su facilidad para encontrar el viaje, leer el perfil del conductor y pagarlo a través de la tarjeta de crédito. 
Para moverse por Europa es una de las opciones más elegidas por ser económica, segura y muchas veces más rápida que el bus o el tren. 

¿Cómo se busca un viaje? 
Primero te conviene hacerte un perfil, lo más fácil es conectarlo directamente con Facebook así se obtienen tus datos desde allí.
Después indicás la ciudad de salida y de llegada y la fecha en la que querés viajar. Automáticamente te van a aparecer conductores con distintos horarios y tarifas. Un concejo es que consultes el perfil certificado de los conductores: la foto, la biografía y las opiniones de otros usuarios que ya fueron en su auto.

¿Cómo lo pago?
Una vez que elegís un viaje reservás tu lugar o "plaza" dentro del auto. Simplemente introducís tu tarjeta de crédito y Blablacar se pone en contacto con el conductor; si este acepta te envían un mail con un código (¡¡anotalo!!). 
Una vez terminado el trayecto le dás el código al conductor y en ese instante se deposita tu dinero en su cuenta. En ningún momento se manejan billetes reales entre los usuarios y esto es un punto a favor que no tienen otras plataformas como Amovens.

¿Qué hago si me cancelan?
No te preocupes, si el conductor cancela Blablacar te devuelve el 100% de lo que pagaste (incluidos los gastos de gestión). Si en cambio sos vos el que no puede viajar tratá de avisar lo antes posible: 24hs antes del viaje te dan el 100% ( menos gastos de gestión) y en el mismo día del viaje te devuelven el 50% de lo que pagaste.

¿Realmente conviene?
Como siempre es necesario chequear los vuelos, trenes y buses antes de contratar el Blablacar, una buena forma de hacerlo es entrando a la web goeuro.com. Vamos a dar un ejemplo: un viaje de 205 km desde Málaga a Sevilla dos provincias españolas de la región de Andalucía.

En tren Renfe cuesta 24,10€, llega en 2h 48min, y unos 43,10€ el que llega en 1h 55 min.

 El bus suele ser más barato en el viejo continente: el mismo viaje por la compañía ALSA cuesta 18,57€ y tarda 2hs 45 min o 23,52€ dependiendo del horario de salida.
Dato importante: presentando la tarjeta ISIC de estudiante te hacen un 10% de descuento en esta empresa.


En Blablacar el mismo trayecto sale 10€ por plaza y tarda 2hs 14min. ¡Ojo! Siempre hay que chequear cuánto dice que va a tardar, ya que algunos conductores medio chantas van por rutas más largas para evitar peajes. 
La clave es tener paciencia para buscar el viaje que más convenga y no amargarse si no aparecen con tanta anticipación, la mayoría de los conductores suele publicar el viaje sólo 3 o 4 días antes.


El último paso es ponerte en contacto con el conductor para arreglar horarios y desde dónde te pasa a buscar. Dicho todo esto relajate y disfrutá el viaje. Los Randevuses tuvimos experiencias más que agradables, conocimos a un surfista, un cantautor, una podóloga, un ingeniero de caminos, una vendedora de zapatillas, una licenciada en letras checa y un ingeniero ambiental. Todos probaron el mate y escucharon música argentina que llevábamos preparada para el trayecto.

Una sola vez nos cancelaron un viaje antes de salir, pero nos devolvieron todo el dinero y en menos de 15 minutos ya teníamos otro auto reservado.

Si te sirvió la información compartila con más viajeros. 

¡A viajar!