Cataratas del Iguazú para mochileros: dos rutas alternativas


En febrero del 2018 nos fuimos una semana a recorrer una de las maravillas naturales de Sudamérica: las Cataratas del Iguazú. 
El primer día que fuimos a las cataratas del lado argentino nos pasó algo que les debe pasar a muchos: nos dieron unas ganas tremendas de meternos al agua. Es que el calor, la humedad y tanta cantidad de agua cayendo junta son una combinación letal. En varios carteles explican que está prohibido así que hicimos el circuito tradicional. 
Un buen consejo es dejar la garganta del diablo para el final porque todos los grupos de tours programados van a este punto durante la mañana, entonces se llena y estás amuchado. Lo mejor es hacer primero el sendero inferior, luego el superior y después del mediodía, como frutilla del postre, la garganta. 
Tan manija quedamos de meternos al agua que empezamos a preguntar ¿Dónde era posible nadar en las cataratas? 

Sendero Macuco: la joya del parque nacional

Es un sendero dentro del Parque Nacional Cataratas del Iguazú para llegar al Salto Arrechea, una caída de agua de 20 metros de altura. El camino atraviesa la selva y es de 1.30 horas caminando, con mucha flora y fauna para descubrir. Vale la pena ir a la mañana temprano porque hay más chances de ver aves ¡como tucanes!



Lo mejor es ir con zapatillas, repelente para los mosquitos y agua. Primero se llega a un mirador donde se ve el salto desde arriba y después por unas escalaras se accede a la olla de agua donde ( esta es la mejor parte) ¡te podés meter a nadar!
Los guardaparques nos dijeron que si íbamos en el horario permitido (de 8 a 15 horas) y teníamos mucho cuidado podíamos meternos al agua. No está demás llevarse unas ojotas porque son muchas piedras para ingresar a la olla.

Algo interesante es que el Parque Nacional Iguazú tiene un descuento si volvés al día siguiente del 50%. Si sos argentino pagás 260 pesos el primer día y el segundo 130 pesos. Los horarios y los detalles los pueden ver acá: www.iguazuargentina.com


Los Saltos del Monday: el secreto guaraní

En la zona de la triple frontera la mayor parte de los turistas visitan las cataratas del lado argentino y del brasilero. Paraguay queda relegado solamente a los paseos de compras en Ciudad del Este. No existe agencia de viaje, remisero, cartel o empresa de turismo que ofrezca otra alternativa para conocer tierra guaraní.
Teníamos muchas ganas de visitar Paraguay pero no nos seducía la idea de las compras, así que lo resolvimos haciendo algo que nos apasiona: mirar un mapa.



Así fue que descubrimos un punto cercano, lleno de azul y verde llamado "Los Saltos del Monday".
Cuando empezamos a preguntar por este lugar en Puerto Iguazú no lo conocían. Pero si desplegaban una serie de prejuicios por nuestra "loca idea" de querer cruzar a Paraguay por cuenta propia.
Cada vez que comentábamos que queríamos ir a los saltos nos decían: "Es peligroso", "¿Para qué quieren ir ahí?" o "no vale la pena cruzar".


Un mozo en puerto Iguazú fue el primero que nos dijo que era un lugar hermoso y corrigió nuestra acentuación:  Monday no se dice como lunes en ingles; sino que se pronuncia Mondaí, con acento en la Y.
Si estás en Argentina y querés
visitar Paraguay por tierra, tenés que ir si o sí hasta Brasil y allí cruzar el "Puente Internacional de la amistad". Pero por agua hay una forma mucho más simple: una balsa que conecta Puerto Iguazú con la ciudad paraguaya de Presidente Franco.
Con esa barcaza, de chapa y casi sin sombra, por 50 pesos se cruza el Río Iguazú y se atraviesa el Río Paraná y en solo 13 minutos estás en Paraguay. Este cruce naval es el punto exacto donde se encuentran los tres países: Argentina, Brasil y Paraguay.
El pasaje se saca en el Puerto Tres fronteras (Puerto Iguazú) donde también se hace un trámite sencillo en migraciones antes de cruzar.
Una vez en Paraguay no hay que olvidarse de hacer migraciones de nuevo sino te pueden cobrar una multa al volver a Argentina.
Como no hay transporte público, lo más difícil es encontrar un taxi para ir desde la frontera hasta los saltos. En nuestro caso el universo estuvo a nuestro favor y nos dio a Coqui. Él nos llevó hasta el parque y arreglamos también que nos fuera a buscar tres horas después. Nos cobró 10 dólares cada tramo de 5km y además nos contó mil anécdotas suyas y del pueblo Presidente Franco. Según Coqui los Saltos del Monday son la cuarta maravilla del mundo paraguayo.
La entrada ronda los 120 pesos argentinos y 80 pesos extra si querés bajar en el ascensor panorámico hasta la catarata. Mide 40 metros y dicen en el parque que es el más alto de su tipo del Mercosur.
No lo íbamos a hacer pero la verdad vale mucho la pena. Estás a unos pocos metros del agua y ver de cerca la potencia con la que cae es increíble. Las fotos no reflejan ni un gramo la furia de la catarata.
En el predio hay un restaurante, pero como siempre se puede hacer la opción mochilera: un buen pic nic con lo que uno traiga.


El parque de los Saltos del Monday tiene nueve hectáreas, abre todos los días de 8 a 18 y la entrada se puede pagar en guaraníes y pesos argentinos.



DATOS ÚTILES:

  ·Para ir hasta el Parque Nacional Iguazú desde Puerto Iguazú, la opción más económica es tomar un bus en la estación de ómnibus. Cada media hora salen colectivos y cuesta 100 pesos ida y vuelta. No es necesario comprarlo con anticipación.
  ·Un hostel económico en Puerto Iguazú que además tiene pileta es Hostel Park. Cuesta 260 pesos la noche y la cerveza helada solamente 60 pesitos.
  ·Para comer un buen Pacú y hablar con Manuel, el mozo más piola de Puerto Iguazú en la Avenida Córdoba al 106 está el restaurante El Charo.

El secreto de San Martín


Esta historia nos pasó hace algunos meses pero merece ser contada. Todo comenzó en 2014 cuando una amiga de una amiga, fanática de los Beatles, se le ocurrió dejar escondido un billete de cinco pesos argentinos en un monumento. 
Junto a la cara de San Martín se lee la frase: "Porque siempre hay un reencuentro"
Desde ese día todos sus amigos que en Londres visitan la calle famosa de ese GRAN disco buscan el tesoro y dejan una firma con la fecha. Nosotros disfrutamos de este encuentro sanmartiniano y ahora los invitamos a buscar las pistas y sumarse. 
Ah! Y como decía el José: "Seamos libres, que lo demás no importa nada".


5 cosas que los argentinos tienen que saber de República Checa




1. Esta foto en nuestro país sería un oxímoron político.
2. La mayor inmigración checa en Argentina se asentó en la ciudad chaqueña de Presidencia Roque Sáenz Peña. Allí conformaron la Asociación Chaco-Checo.
3. En todo el territorio de la República Checa viven 79 argentinos.
4. Hay tres países que producen fernet: Italia, Argentina y República Checa. El de acá se llama Stock y se hizo muy popular durante la Revolución de Terciopelo (1989).
5. Dos países se disputan la invención del fútbol-tenis ¿Ya adivinaron cuáles?
Mientras que los argentinos dicen que fue en San Miguel en 1992, los checos aseguran que en 1953 ya tenían torneos oficiales.



6. Tenemos un dato de yapa que incluye tetas y tías. La historia nace en la ex Checoslovaquia con dos amigos que deciden fundar un almacén llamado "Casa Teta". Durante la Segunda Guerra Mundial tuvieron que huir y se radicaron en Colombia y luego en Argentina. Por cuestiones obvias cambiaron el nombre por la conocida "Casa Tía", en checo teta significa la hermana de tu papá o de tu mamá. 

Uno de los fundadores era el abuelo de un tal Francisco de Narváez, quizás lo recuerden por ser diputado nacional durante 10 años o por ser integrante de "Gran Cuñado".

8 datos que no sabías entre Argentina y Dinamarca

Dicen que el 8 es el número mágico y de la suerte para los chinos. Nosotros vivimos 8 meses en Copenhague y para arrancar con todo el 2018 les dejamos 8 cosas que unen a Dinamarca con Argentina. 




1) Dinamarca tiene 5.7 millones de habitantes y aproximadamente 20 millones de cerdos. Eso quiere decir que hay casi 4 chanchos por persona. ¿Adivinen de donde traen la soja para alimentar a esos animalitos?




2) Gratis se dice igual en español y en danés, aunque raramente algo te salga gratis allá. 


3)Hace algunos años los gobiernos de Dinamarca y Argentina armaron un acuerdo para que jóvenes de menos de 30 años, de los dos países, puedan vivir y trabajar legalmente por un año en el otro territorio. Por eso nosotros caímos en esas tierras norteñas. Este es un cálculo muy casero pero creemos que debe haber más de dos mil chicos y chicas de Argentina en este momento con la visa en Dinamarca. Mientras tanto, escuchamos que son 3 los daneses que se fueron pa’ las pampas. Vamos, animensé vikingos! 



4) La comunidad de daneses que emigró a Argentina entre 1850 y 1950 fue la 3ª más grande del mundo después de EEUU y Australia. La mayoría se instaló en el sur de la Provincia de Buenos Aires, sobre todo en Tandil, Tres Arroyos, Necochea y Lobería.




5)Dinamarca es un reino que también incluye Groenlandia y las Islas Feroe. Pero si contamos solo el territorio escandinavo, su superficie es más chica que Jujuy. Son 43 094 km² vs 53.219 km². ¡Viva Jujuy!
6)Ambos países sufrieron a los ingleses en la misma época: Argentina con las invasiones de 1806 y 1807 y Dinamarca con las batallas navales de 1801 y 1807.




7) Viggo Mortesen, Aragorn para los amigos, es hijo de un danés y pasó su infancia en Argentina, además es cuervo.




8 ) Dejamos este dato para el final porque es hermoso. Resulta que en Copenhague está la estatua de La Sirenita basada en el cuento del escritor danés Hans Cristian Andersen. El monumento no dice mucho, incluso fue catalogado como el segundo más decepcionante de Europa; sin embargo todo el mundo lo va a visitar y fotografiar. En el 2009 la comunidad danesa de Necochea decidió instalar una copia del monumento en sus playas. El problema fue que los herederos de Andersen pusieron el grito en el cielo porque la famosa sirena danesa tiene copyright. La historia termina bien, ya que los necochenses pidieron algunas modificaciones a la escultora argentina, se le cambió el nombre a “La Dama del Mar” y finalmente entre banderas de ambos países se inauguró.

Asistencia al viajero desde Randevuses

Hace varios meses que estamos viajando y no sé si les pasará a todos, pero a nosotros nos dan ganas de contagiar.
Contagiar no significa pretender que hagan lo mismo que nosotros, sino que se den la oportunidad de sentirse de viaje en otro lado, aunque sea cercano y parezca conocido. Que salgan a descubrir y a descubrirse, porque el viaje la mayoría de las veces pasa mucho más por adentro que por afuera...

Estar de viaje es estar vivo.

Y como siempre que uno está vivo le pasan cosas no tan buenas.


Este preámbulo poético es para contarles que hace unos meses empezamos a vender asistencias al viajero junto con la empresa Assist 365.

Hay una frase que dice, el mejor seguro es que el que no se utiliza y estamos muy de acuerdo. Pero hay que tener en cuenta que cosas como pérdidas de valijas, enfermedades o que se rompa alguna parte de tu cuerpo son cosas que pueden suceder.

Y cuando pase está bueno tener un seguro para que no te cobren un dineral que no tenés, o lo tenés pero no lo querés gastar en eso.


Yo ( Mari) antes tenía un seguro raro y poco confiable, cuando tuve un episodio con unos bichos llamados bedbugs la pasé mal y ahora me cambié de cobertura.

La vida da tantas vueltas que hace unos meses nos contactaron por Randevuses y nos ofrecieron vender esta asistencia al viajero. La empresa se llama Assist 365 y es muy seria, sino no lo diría.

Además si te pasa algo te podés comunicar con ellos por WhatsApp, cosa que es muy buena porque uno no anda con línea de teléfono o 3G en todos lados. También tiene muchas opciones de pago y con cuotas.

Así que si están planeando un viaje, corto, largo, cerca o lejos y quieren contratar una asistencia aquí estamos para ofrecer gratis una cotización y si conocemos el lugar también les podemos dar algún consejo de dónde comer rico y barato; cuál es el mejor parque para tomar unos mates o si conviene viajar con paraguas.

Su consulta no molesta, su compartido ayuda y su comentario buena onda alienta.
Muchas Gracias.

El paisaje nos devora


Crónica de tres días en el desierto del Sahara

El desierto del Sahara tiene más de 9 millones de kilómetros cuadrados de superficie, casi como toda China. Abarca 11 países del norte de África, y es por lo tanto el desierto más grande del mundo. En árabe Sahara significa desierto. 

  Para llegar al Sahara marroquí lo mejor es acercarse hasta los poblados de Risanni o Merzouga, la “puerta” del desierto, casi en la frontera con Argelia. Una vez allí hay que pelear el precio de un guía para la travesía. Es importante que dejen en claro con cuántas personas realizarán el tour, cómo serán los días y qué les incluye. Generalmente esta negociación se hace en unos hoteles llamados “Kasbah” que quedan frente a las imponentes dunas.

Nosotros tuvimos algunos problemas porque nos dijeron que estaba todo dentro del precio y a último momento nos enteramos que el agua no estaba incluida y la tuvimos que comprar porque obviamente una vez en el desierto ya no hay.


El desierto del desierto
A pesar del enojo por el agua y algunos contratiempos tuvimos mucha suerte: nuestro guía era tranquilo, bueno y macanudo. Nacido y criado entre la arena, Mohamed tiene 21 años y hace 4 que se dedica a llevar grupos a conocer el desierto. Habla un inglés modesto pero entendible y cocina como los dioses.
En el grupo estamos Augusto, Mohamed, yo y dos camellos de unos 12 o 13 años. Salimos del Kasbah y de a poco empezamos a avanzar hacia la masa naranja de viento. Nunca imaginé el viento cuando pensaba en el desierto. El panorama no es alentador, nos quedan dos horas más arriba de los camellos. Con ansiedad vamos lentamente a internarnos en la nada.



Cumbia berebere
Mohamed nos muestra el campamento y nos cocina un tajín de pollo riquísimo.  El tajín es un tipo de vasija de barro, donde se ponen como un volcán las verduras y carnes. Se hace a fuego lento y queda espectacular. En el campamento estamos solos los tres. La tormenta se hace más fuerte con la noche.
Después de comer Mohamed nos propone ir a un campamento cercano en el que unos amigos suyos están “haciendo música”. Salimos de las carpas con un frío que surca la cara. Bajamos una duna y luego tenemos que subir otra. Yo me caigo, me resbalo por el viento y me río con un poco de ganas de llorar.
Los amigos de Mohamed son guías de otros campamentos que se juntan a tocar los tambores y cantar canciones bereber. Como la mayoría fueron criados bajo el islam no tienen permitido tomar alcohol. Uno de los chicos prepara un té y dice: este es el whisky bereber y sonríe con los ojos.
No entendemos ninguna de las canciones que cantan pero aplaudimos y bailamos un poco. Nos piden una canción a nosotros y con Augusto cantamos “Vienes y te vas” y después empezamos a improvisar algo con las palabras Ricky Ricky Pom Pom. Esa última les encanta y los 6 guías que están ahí nos imitan y sale una hermosa cumbia bereber. 

Tormenta
Volvemos a nuestro campamento. La tormenta ya es seria. La arena vuela y aturde. Los ojos llenos, las orejas, la nariz. La boca escupe arena y la cabeza también.
Estamos acostados, vestidos y abrazados. Hace frío pero no tiemblo de frío, tiemblo de miedo. La carpa se mueve y se sacude insistente. Parece que la tormenta la quiere tirar. Tengo mucho mucho miedo de que la arena tape todo. Vi videos en YouTube, le digo a Augusto. No pasa nada, dice. Creo que en cualquier momento es el fin. La arena nos tapa y no podemos respirar. Fin.
Tiemblo. Me como las uñas. Viento.
No para un segundo de moverse la carpa. Sopla arena, tira arena. Creo que me voy a morir. Pienso que si me muero viajando y al lado de la persona que amo no está tan mal. Que no quiero, pero no está tan mal. Me entre-duermo. El viento me despierta y el ciclo empieza de nuevo. Tiemblo. Me como las uñas. Viento. Así y así hasta que la noche no dura más.

Los camellos que no son camellos
En Marruecos no hay un solo camello. La gente, nosotros, y todos dicen la palabra camello para referirse al dromedario. El camello tiene dos jorobas, el dromedario una sola.
-          El camello es pasión. Dice Mohamed y no entiendo.
Le pregunto de nuevo y lo reafirma: pasión. No veo la relación entre la pasión y ese animal desgarbado, poco elegante, cansino y con cara de despistado.
-          Solo duermen 20 minutos al día y lo pueden hacer mientras van caminando. Nos dice y yo pienso en mi hermano que dormía caminando cuando iba al jardín.
En invierno toman agua cada tres semanas y como tienen 3 cámaras en el estómago no necesitan comer todo el tiempo sino que comen una vez y luego lo regurgitan y lo van “dosificando” en cómodas cuotas.
-          ¿Cuánto sale un camello?- le pregunto a Mohamed
-          Mil euros más o menos.
Poseer uno de estos animales en Marruecos, significa estatus. Moha me dejó nombrar a mi dromedario porque carecía de apodo: “viejo bueno” le pusimos. Horas más tarde se complicó la cabalgata y el adjetivo de “bueno” quedó obsoleto.

El silencio
No, no es que no se escucha nada. Se escucha el silencio. Tan fuerte y claro que hace presión en el oído y en la oreja. Se siente como un casco invisible de silencio sobre la cabeza que obliga a pensar.
Enorme y lleno de silencio. El desierto.





“Pequeño musulmán”

Marruecos era, en un principio, tierra de los bereberes, una tribu con religión e idioma propio que en el siglo VII fue conquistada por el islam y comenzó a formar parte de los países árabes. Hoy en día conviven en el país los musulmanes con los bereberes, aunque el idioma oficial pasó a ser el árabe y la religión mayoritaria la musulmana. En verdad el término “bereber” fue importado de Europa para nombrar a las distintas tribus que conforman a los “Imazighen”, que significa “hombres libres”. En el norte de África, sobre todo en Argelia y Marruecos, todavía hay muchísimas personas que se autodenominan Imazighen.

Mohamed nació en Risanni, es de familia bereber, pero por cuestiones de educación y familia es un poco musulmán. Mohamed dice en inglés que él es “Little muslime”, que sería pequeño musulmán, pero nosotros entendemos que quiere decirnos “un poquito”. Me sorprende su inteligencia con el inglés, no tiene mucho vocabulario pero sabe cómo aprovechar las palaras que conoce. No sabe que “sad” es triste, pero usa “no happy”; no sabe que “cold” es frío pero usa “no hot”. Es un genio.
Nos cuenta que en la escuela le iba bastante bien. Nos habla de sus hermanas y su mamá que también son “poquito” musulmanas pero usan burka ( tela para tapar la cabeza y el cuello). Él las ve una vez por mes. Le preguntamos por el Ramadán en el desierto. Y si, la respuesta es obvia: muy duro. El ramadán es un período de ayuno de un mes, en el que los musulmanes no comen nada ni toman agua mientras haya sol. Generalmente coincide con el verano. En el desierto del Sahara puede hacer hasta 54 grados centígrados y el sol está ahí inamovible hasta las 9 o 10 de la noche. Y ellos trabajan sin tomar una gota de agua.

Mohamed dice que te cansa y te pone de mal humor. Que es difícil. A veces se levanta a las 3 am, antes del amanecer, para tomar agua y poder resistir el día. En las grandes ciudades la gente con dinero aprovecha el ramadán para dormir de día y vivir de noche. En el desierto es la temporada de mayor turismo, no se pueden dar ese lujo.
Mohamed prepara un té con mucha hierbabuena, que no es menta, y una cantidad industrial de azúcar, no es un mate pero está riquísimo. Un guía de un campamento cercano aparece en el momento del té y nos dice que está solo en su carpa con una chica chilena. Nos ponemos contentos. En este viaje largo cruzamos cuatro chilenas muy piolas viajando solas, pensamos que esta chica sería la quinta.
No fue el caso. No solo no se paró a saludarnos sino que le hizo un chiste poco feliz a Augusto por su nombre y nos trató mal.  Volvimos a nuestro campamento decepcionados. Le conté a Mohamed la situación, y le dije medio con señas que la chilena no nos había caído bien. Él se limitó a sonreír y miró hacia abajo. No me respondió.


Más tarde me explicó que el Corán dice que uno no puede hablar mal de otro si este no está. Que no es bueno, que hace daño. Y yo me sentí una bruja.

Los colores
Nunca pensé que la arena cambiaría tanto de color según las horas, según el viento. Al principio era naranja casi roja. Luego rosa. Después amarilla y las dunas se cortaban como cuando una cuchara entra en un flan y saca un buen pedazo.

El desierto no es todo de arena.
“Viejo Bueno” se desató y el camello que estaba conmigo se escapó, volviendo mi peor pesadilla de “perdida en el desierto” un poco más real y cercana. Mohamed lo pudo calmar y decidimos bajar de los animales y caminar. Un hombre nos dijo que los bereberes los montan distinto, como si fuera en cuclillas. Montar a un camello como un caballo, como los turistas, está mal. Duele, paspa y molesta durante y después.

Caminamos junto a Mohamed paso a paso. A veces hablando mucho de corrido y a veces en silencio sin explicar nada. Como con los amigos.
Nos sacamos las zapatillas. Es invierno y la arena no quema. Está tibia, suave, como un mate lavado. Cansa. A veces pisamos sobre superficies duras como si fuera un cemento pero el siguiente paso es hundirse de nuevo y la sensación de estabilidad se pierde en el silencio de la arena.
Vamos al desierto negro nos dice Mohamed y suena tenebroso. En verdad solo un 30% del Sahara son dunas, el resto es suelo árido y seco, y muy de vez en cuando un oasis que nada se parece a la imagen de las películas.
En el desierto negro están los nómades, allí nuestra segunda noche de campamento.


Nómades 
El “paquete” incluye una cena con una familia nómade. Hay una carpa para nosotros al lado de su casa. Ahí viven una mujer, un hombre y dos nenes chiquitos. Tienen cabras, unas 20.
Los vamos a saludar, a presentarnos. Les sonrío a la mujer y a los nenes. No me devuelven el gesto. Lo repito. Nada.
Soy –para ellos- una gringa, una turista más que juega a ver cómo viven los nómades y que se queja de tener arena hasta en el culo. Soy eso. Para mí también.
Mohamed me dice que no me saludan porque son muy tímidos, y porque no hablan nada más que dialecto bereber. No hay problema le digo, los entiendo.

Salir la luna
Mohamed nos dice que estemos atentos, que en cualquier momento “sale la luna”. Detrás de las montañas, unos minutos después aparece enorme y rugosa una luna llena plateada. La luna de este lado del mundo es distinta a la que vemos en Argentina le digo a Mohamed. Y como no me entiende le dibujo un ecuador simbólico en el aire y con la mano hago un círculo que es la luna. Como en un juego, voy a un lado y al otro y volteo la cabeza. Me entiende. Se ríe. La luna sale más. Es tan fuerte la luz que impide ver las estrellas. Ella es la dueña del desierto.

Hienas
Es de noche, solo hay una vela prendida y los tres estamos charlando en la jaima. La familia no volvió a acercarse a nosotros.
-          ¿A cuántas horas está Argelia? – pregunta Augusto
-          A unas cinco caminando, pero no se puede ir, es peligroso. Explica Mohamed y dice que del otro lado de la montaña que vemos, allá en el desierto negro de Argelia hay hienas.
Como su inglés (y el mío) no conoce la palabra “hiena” me lo explica con movimientos y poniendo cara de malo y riendo, claro, como una hiena.
Yo le digo que le tengo mucho miedo a las hienas desde que vi el Rey León, y le pregunto si a él también le pasaba, pero no me responde. Los siguientes 20 minutos intenté explicarle qué era El Rey León. No sabía. No creció bajo los tentáculos de Disney.

Ñoquis
Le mostramos fotos de nuestros viajes, le contamos de Italia, de España y él nos dice que le gustaría conocer ese “país viejo de historia”, después de la ayuda del traductor de Google descubrimos que era Grecia.
Le hablamos de Argentina, allá no hay dromedarios, decimos y tampoco tenemos cuscús, sus ojos se hacen más grandes, no lo puede creer. La charla deriva, zigzaguea, en países, comidas y viajes. Mohamed está particularmente interesado en que le expliquemos qué son los ñoquis con boloñesa. Intentamos con las manos y con el recuerdo latente en la boca de unos buenos ñoquis: expresarle lo fantástico de esas bolitas ingresando con tomate, carne y queso -sin discreción- en la boca. Él entiende que son papitas chiquititas hervidas. Nosotros reímos y asentimos.

De la nada al todo
Al principio parecía que todo era igual, arena y más allá arena. No hay ruidos, no hay pantallas, no hay personas. 
Pero… ¿No hay nada?
El tercer día, cuando nos íbamos, empezamos a diferenciar las huellas, de zorros, de ratones, de dromedarios y también se veían con nitidez la de los escarabajos azules.
Empezamos a entender como el tiempo en el desierto es otro y nuestras cabezas aceleradas tienen que bajar varios cambios para comprenderlo. Los estímulos están ahí, solo que son otros.
Es injusto decir que en el desierto no hay nada.
La naturaleza nos come, nos sobrepasa. El paisaje del Sahara nos devora y nos escupe más sabios, más detallistas y quizás un poquito más humanos.











· El Paisaje Nos Devora es el nombre del Taller de Literatura del Grupo La Grieta en La Plata, Argentina.

 

Randevuses en árabe escrito por Mohamed.










Un deseo: el mundo

Tengo 28 años y sigo pidiendo deseos. 
Es que la posibilidad  de pedir un deseo me parece algo maravilloso, entonces nunca la pierdo. 
Pedir un deseo no es solo pensar con ímpetu en algo que querés con mucha fuerza. Es también colocarte en un lugar del planeta, pensarte desde ahí y proyectar donde o qué cosas querés que te pasen en el futuro y eso es único.

Quizás sea cursi o pochoclero, pero creo que no voy a dejar de pedir deseos ni aunque tenga 96 años.

Cuando veo pasar un tren, cuando soplo las velas de mi cumpleaños, cuando una vaquita de San Antonio vuela de mi mano o cuando logro despoblar todos las minipalmeras del panadero. Pido.

Monedas en fuentes no tiro seguido pero cada vez que miro el cielo, pienso el deseo antes de ver una estrella fugaz, así no me agarra desprevenida.


Con el juego de las pestañas caídas soy bastante buena. Antes hacía trampa y me chupaba el dedo para que el pelito del ojo quede siempre en mi terreno. Hace no mucho me enseñaron un verso que dice: que se cumpla que se cumpla de todo corazón para mi para vos para ninguno de los dos. Ahora ya no hago trampa.

Los deseos no se revelan, dicen, hasta que se cumplen.

Ayer estábamos charlando con Augusto de nuestros sueños de chiquitos. 
Yo le confesé que siempre que pedía deseos alguno iba dedicado a "viajar por el mundo" y él dijo que en su versión era "conocer el mundo".

En tres días nos vamos un mes a Marruecos y este viaje que arrancó por Europa ya empieza a tener color a mundo. 
A salirse de los bordes. 
A no saber qué vendrá después. 



Foto en Kruje, pequeño pueblo albanés.


No entiendo nada de tenis y vi a Argentina campeón


    Foto: AFP

Yo de tenis no entiendo nada, pero por algunas casualidades pude estar en el lugar y en el momento justo para vivir uno de los logros más importantes para el deporte nacional.
Todo empezó hace unos días cuando en un pueblo de Montenegro un viajero argentino de 67 años nos dijo que estaban rematando las entradas para la Davis en una página europea. Teníamos pensado cerrar nuestra gira balcánica cerca de Zagreb y Augusto puso todo para que la balanza se incline hacia la ensaladera.

- No entiendo nada de tenis, andá vos solo- le dije sincera.
- No, vos tenés que venir porque es importante para mí y porque la vamos a ganar- retrucó él, sin imaginar que iba a tener razón.

•••

Gracias a internet y a Augusto que es periodista deportivo me fui interiorizando en esta Copa Davis (llamada así por el apellido de su creador); que tiene más de 100 años y que Argentina nunca había ganado. Es más, nuestro país fue el que más finales necesitó jugar para ganar por primera vez este “Mundial de Tenis”. Por destino del sorteo en 2016 tuvimos mala suerte y no jugamos ni una sola serie de local, aun así ganamos las cuatro. 
La final se disputaba en la capital de Croacia en donde la –mal llamada- Ensaladera de plata esperaría a su nuevo dueño. En realidad el trofeo fue construido basándose en una ponchera, pero el apodo de la ensalada hace años que se apoderó de la copa.

•••

En Zagreb había cuatro mil argentinos. 

Esa oración de seis palabras significa mucho más de lo que se cree: gente tomando mate por las calles, la palabra che flotando traviesa en los tranvías, banderas celestes y blancas colgando de los edificios y tonadas de cada región, solo identificables por nosotros. 


DÍA UNO
El estadio Arena Zagreb queda en las afueras de la capital, hay que tomar un tranvía, cruzar el Río Sava y después caminar unos 10 minutos.  En ese trayecto vimos unas nenas de 7 u 8 años jugando en el patio de su escuela y aunque no llevábamos banderas ni gorros nos empezaron a mirar y a gritar: ¡Hrvatska! ¡Hrvatska! Que es “Croacia” en croata. Nosotros le seguimos el juego con un ¡Argentina! ¡Argentina! Y eso las enloqueció. Después nos corrieron y gritaron más cosas que no somos capaces de traducir.

••

El primer día el estadio no estaba lleno, probablemente porque era viernes a las 14 horas y muchos croatas aún estarían trabajando. Me llamó la atención lo grande y hermoso que era y también las luces. Como en un casino o un bingo todo estaba iluminado para que te olvides de la hora, del día, de todo lo que puedas. 15 mil personas entran en el Arena y de los 4 mil argentinos que había, la mitad volaron desde Sudamérica y la otra mitad desde distintos puntos de Europa.
En los pasillos había publicidades de los eventos próximos, Britney Spears, Justin Bieber y un tal Dino Merlin. También había puestos donde vendían medio litro de cerveza tirada y sanguches de jamón, queso y pepino; cada cosa a 20 kunas croatas (2,65 euros o 43 pesos argentinos). Me pareció barato para ser un estadio y para una final de un deporte tan elitista como el tenis. No fui la única que lo notó porque antes de que empiece el segundo punto de la serie (Del Potro – Karlovic) ya había algún que otro borracho.


••

Después de dos partidos y más de nueve horas salimos del estadio como abombados. Había sido un curso intensivo de tenis para mí y sentía el cuerpo casi como si hubiera jugado. Caminando al lado nuestro iba un chico vestido de “Papa” que se sacaba fotos con todo el que le pedía y hasta bendecía camisetas con una seriedad digna de su papel. “Él probablemente está más cansado que yo” pensé.


DÍA 2
El sábado a la mañana una pareja de croatas se estaban sacando las fotos de su casamiento frente a la iglesia de San Marcos, la más importante de la ciudad. Unos cien argentinos que estaban visitando ese barrio los vieron llegar en un auto antiguo. Los rodearon, los aplaudieron y los siguieron hasta la iglesia al ritmo de “que se besen, que se besen”.  Uno, gritó: “no nos entienden” y se atrevió con un tímido “Kiss” y bastó ese valiente para que los otros lo siguieran al unísono hasta conseguir el preciado beso. Un pelado se animó a más y pidió selfie con los recién casados. 

••

El free tour de la ciudad de Zagreb se hace todos los días a las 11 de la mañana en inglés, es gratis pero lo que corresponde es dejarle una propina al guía acorde a la valoración de su laburo. Ese sábado más de 60 argentinos hicimos juntos ese paseo caminado por los puntos icónicos de Zagreb. Ni bien llegamos me pareció conocer a uno de los chicos que caminaba cerca de nosotros. Sabía que lo tenía de algún lado y me acerqué y sin rodeos le dije:
- Hola te conozco pero no sé quién sos. ¿Sos de La Plata?
- Hola! Soy Franco. Soy rosarino pero tengo un amigo de La Plata: Xava.
A Franco lo conocimos hace dos meses en una fiesta cumbiera de argentinos en Cracovia a la que fuimos invitados por Xava. Y me acordaba especialmente de él porque con otros 4 argentinos hicieron mil kilómetros en un día desde Polonia hasta Alemania para llenar un baúl de fernet porque alguien les tiró el dato de que estaba a mitad de precio. 
Esta vez la hazaña había sido venir en auto 900 kilómetros de Cracovia a Zagreb.  
- ¿Y el fernet?- le pregunté 
- Obvio que lo trajimos para festejar- remató sonriendo.

••

El partido de dobles duró poco y gustó menos. Me colgué mirando a un grupo de pibes que para alentar a Mayer habían entrado al estadio con cuatro yacarés gigantes de esos para nadar en la pileta.  ¿Qué entenderían los croatas de esos inflables verdes en el medio de la tribuna?¬
Por primera vez la fila interminable en el baño no estaba del lado de las mujeres sino en el de los hombres. Qué pequeño placer. Cuando entré vi que había cola, pero en el espejo. Neceser con maquillaje, cepillos, hebillas y perfume,  las mujeres de los dos bandos se producían como para salir a bailar. La ecuación era fácil: cuanto más le dedicaban a su look más chance tenían de salir en las pantallas gigantes del Arena Zagreb y quien te dice en la televisión de cada país.
La receta de los hombres era otra: muchos argentinos tenían la camiseta de su equipo de fútbol que resaltaba entre una marea celeste y blanca y los croatas optaban por unas manos de tela enormes pintadas con el escudo de su bandera.

••

A la salida del estadio nos cruzamos con dos primas marplatenses de 76 y 78 años. Las habíamos conocido unos días atrás tomando una cerveza y nos habían contado de su pasión por el tenis. 
- Está difícil Marta, mañana es a todo o nada- le dijo Augusto a la más joven 
- Querido – respondió ella y encendió un cigarrillo – nadie confía en este equipo, pero yo sé que este año la ensaladera es nuestra. 
Marta soltó esa frase como una profecía mientras el humo de su primera pitada se confundía con la niebla de la noche que no llegaba a marcar ni un solo grado centígrado.

••

La gente volvió desganada en el tranvía. Y como no podía ser de otra manera hicieron uso de uno de los ¿dones? del ser argentino: opinología. “Lo que pasa es que estaban cansados”; “el problema es que hace años que no tenemos un buen doblista”; “vos viste como se cruzaba ese enano Dodig en la red, era un demonio” y demases comentarios encendidos que se iban apagando en la fría noche europea.

••

- Yo me voy a pedir esto porque es lo más parecido a un asado- Dijo Karim, un porteño de 21 años que está estudiando en Varsovia y se tomó 3 colectivos y cruzó 4 fronteras para llegar a Croacia.
Lo que pretendía comer es el típico Cevapi, una mezcla de carne picada con forma de choricito que viene con pan y cebolla y es muy popular en los Balcanes. Como nuestros horarios y los croatas no son compatibles la cocina estaba cerrada y nos conformamos con una pizza. 
En la cena me transformé en Susana arbitrando un improvisado  “Imbatible” mientras Augusto y Karim jugaban a adivinar los diez saques más rápidos de la historia del tenis. Ninguno acertó el número uno: el desconocido Samuel Groth que en el 2012, en Corea del Sur sacó a 263 km/h. Una bestia.


DÍA 3
Yo de tenis no entiendo nada. Por suerte mis viejos me enseñaron varias cosas de la vida que pude aplicar en los 992 minutos netos de tenis profesional que me tocó presenciar.
1. Tratá a la gente como querés que te traten. Esto lo traduje en: no abuchear el primer saque del otro si lo erra, porque si lo hacés ellos harán lo mismo cuando erre el nuestro.
2. No seas ansiosa y esperá a ver cómo se desarrollan las cosas. Esto sería tenísticamente hablando: no grités out porque confunde y no suma.
3. No está muerto quien pelea. No hace falta que hable del partido de Del Potro- Cilic porque todos sabrían donde encaja la enseñanza.

••

Los hinchas croatas y los argentinos estábamos mezclados y no fue para nada un problema. Cada uno hinchaba por su país sin putear al otro. Se sentía un clima de profundo respeto y eso nunca lo había visto, menos en una final.
Algunos argentinos estaban enojados porque entre game y game un animador y una banda salían a cantar canciones para alentar a Croacia. Decían que la Federación Internacional de Tenis no lo tendría que haber permitido y que eso no ocurrió nunca en las finales de Davis. Otros acudían al folclore futbolero y gritaban: “Apagá los parlantes croata”.


••

- Del Potro es un estratega- Me dice Hugo, un señor de unos 80 años que fue a las cuatro finales anteriores que Argentina no ganó.
- ¿Por qué?- pregunto y le miro los ojos llenos de cataratas.
- Mirá lo que acaba de hacer, le preguntó a la nena alcanza pelotas si estaba bien y la acompañó afuera de la cancha. Todos lo aplaudimos y él tomó aire y encima quedó como un campeón- dice y mueve las manos haciendo el gesto de rezar.

••

El partido de Del Potro fue un parto: 5 horas donde cada punto se festejaba o se lamentaba con el cuerpo. Me detuve en la gente, en las caras y los pelos, el tenis los estaba pasando por arriba. No había forma de que se quedaran quietos, los más osados salimos al baño y lamentamos no poder volver a entrar hasta el próximo cambio de lado.
En la Davis todos los partidos se juegan al mejor de 5 set y Del Potro iba 2 a 0 abajo y arrancó flojo el tercero que tenía que ganar sí o sí. Sin embargo, de a poco se empezó a encender una llamita de esperanza en la gente que se convencía con esta canción: “Ponga huevo la Argentina, ponga huevo y corazón; que esta hinchada se merece, se merece ser campeón”.
 El tandilense empezó a concretar su epopeya y a mí no me quedaban uñas para comerme. La gente estaba desorbitada y Del Potro demostró que siempre hay una primera vez para dar vuelta un partido de 5 sets.

••

Lo de Delbonis fue un trámite. Aunque, la verdad, los argentinos sabemos que la palabra trámite para describir algo sencillo y sin problemas no debería ser parte de nuestro lenguaje coloquial. El azuleño salió a comerse crudo a Karlovic, una mole que con  2,11 metros saca a más de 220 km/h. Algunos croatas se empezaron a levantar y a ir del estadio. La mayoría se quedaron y se la bancaron como duques. Abajo nuestro un tipo con la cara pintada cuadrillé rojo y blanco se paró y le dio la mano felicitándolo con fuerza al argentino que tenía al lado.

Maradona, exactamente enfrente nuestro, saltaba sacado revoleando una remera blanca y varios pensamos que se iba a caer. Pero Diego era un reflejo de lo que pasaba en nuestra tribuna: alrededor nuestro ya no había un solo argentino sentado en la butaca.
La fiesta ya estaba declarada. El dale campeón se soltó de los brazos y de los abrazos. Hubo llanto, videos, corridas hacia abajo a ver lo más de cerca posible a los héroes.

••


El capitán Daniel Orsanic recibió la copa y dedicó el triunfo a todos los que integraron el equipo de Davis y también a todos los tenistas que juegan en Argentina. Además aseguró que la copa no era solamente un premio para el tenis sino para todo el deporte argentino.

Pienso en la cantidad de chicos y chicas que sufrieron con los partidos y que nunca tocaron una raqueta de tenis. 

Ojalá que el exitismo -del que a veces renegamos como argentinos- sirva para bancar más proyectos que se sostengan en el tiempo y acerquen el tenis a los barrios. 
Que no quede solo en la dedicatoria de Orsanic ese “triunfo del deporte nacional”; que trascienda el tenis para dar aliento a nuevas formas de organizar, enseñar, pensar, financiar y hacer deporte en Argentina.

••

¿Por qué si no entiendo nada de tenis me emocioné como si lo hubiese jugado toda la vida? ¿Qué neurona o fibra controla la pasión o la emoción? 
Ese “dale campeón” era más bien una moraleja de cuento: el patito feo convirtiéndose en un hermoso cisne negro; un equipo sin ningún top 10, jugando de visitante y sin ser favorito que gana la copa del mundo del tenis. 

No entiendo nada de tenis, pero me encanta cuando ganan los feos. Me conmueve.

Con el himno alentado lloré. No por el himno en sí, sino porque después de ocho meses lejos de Argentina esos gritos desparejos con forma de letra O significaron mi casa, mis viejos y mis amigos. 
Y que sean eternos los laureles.


María Pagola.

(Todas las fotos salvo la de portada fueron tomadas por Randevuses.)